lunes, 17 de agosto de 2015

A N T I N A T U R A

Mi casa está rodeada por un jardín en cuesta que bordea toda la fachada. El acceso a la construcción es una puerta de color verde oscuro que permite el acceso a la vivienda por un pasillo que, dejando atrás el garaje y un aseo, desemboca en el salón. Ese pasillo lo barro y friego varias veces al día. Empiezo por la parte más cercana a la puerta de entrada. Con mucho cuidado voy empujando el polvo, los pelos y demás porquerías hasta el salón, con un cepillo de cerdas de goma que no levantan polvo y, entonces, es cuando agarro el recogedor y retiro todo ese residuo.
Posteriormente siempre hago lo mismo: levanto la vista con los ojos achinados, para velar la mirada, y observo el principio del pasillo. Este ejercicio óptico no es más que una estrategia de auto convencimiento para ver el suelo como a través de un desenfoque gaussiano. A primera vista, el piso está perfecto, pero soy consciente de la realidad que pretendo evitar: abro los ojos del todo y vuelve a haber pelos en ese pasillo. Y es polvo nuevo, y pelos nuevos, y porquería de nuevo.
Sería cuestión de cambiar alguna de las variables: o me relajo y asumo que mi suelo nunca estará como el de Versalles o me cambio de casa. La cuestión es no querer renunciar a nada y pretender que la divina providencia nos dé un VIP y consiga que mi casa en el campo, rodeada de pinos, sea una reserva de la no-naturaleza. Es querer cambiar lo incambiable y seguir intentándolo por si pillamos al azar en algún despiste, aunque sea por un momento. Quizás es lo que todos intentamos en muchas ocasiones, asumir el reto de cambio de las cosas que positivamente sabemos que tienen una naturaleza pero, tozudos, confiamos en nuestras artimañas inútiles para, sutilmente, provocar el cambio que nunca llega.
Yo ya sabía dónde y cómo era mi casa cuando me metí en ella, pero soy polialérgico, estornudo con los ácaros y la humedad... y vivo cerca del mar, rodeado de perros, en un jardín en cuesta que me manda polvo y más polvo para castigarme en un bucle de cepillos y recogedores haciendo un ejercicio sin fin de barrer eternamente ese pasillo. Y sigo barriendo. Y no me cambio de casa. Y quiero tener más perros. Y no me quiero alejar del mar... y no consiento que ese suelo tenga ni un solo pelo... y no cambia, y hay pelos...

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